Dante Alighieri

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«Non est ad astra mollis e terra via»[1]

Séneca, Hercules furens, 437

 

Quien pretende emprender el camino iniciático y asumir el compromiso consiguiente debería tener bien presente el parto, con toda su carga de dureza y dramatismo, a través del cual se llega a la muerte iniciática. En este enfoque resultan esclarecedoras la epístola IV de Dante Alighieri y la canción que le sigue. En ambas el Sumo Poeta expresa cómo fue golpeado de repente de forma tan dura y pro­funda por Amor, describe el sufrimiento y la angustia que acompañan el camino hacia la muerte a la que Amor lo lleva y a la que, aun gimiendo y llorando por el torbellino de emociones que lo agitan, él no se opone, porque lo simi­lar corre siempre inevitablemente hacia lo similar, describe cómo el espíritu vital vuelve a refluir al corazón tras la muerte, dejándolo tembloroso y estremecido de pavor por la prueba atravesada, y cómo desde ese momento Amor se enseñorea totalmente de él. Esta experiencia ha creado una coraza en el corazón del Poeta, que ya no volverá a los apegos mundanos representados por su ciudad, Florencia.

 

  1. Al marqués Moroello Malaspina[2].

[1]. Para que no queden ignoradas de mi señor tanto las cadenas de su siervo cuanto la espontaneidad del amor que le domina y para que las referencias ajenas, que con dema­siada frecuencia suelen ser semillero de falsas opiniones, no digan que el descuido lo ha hecho prisionero, me es grato dirigir a vuestra Magnificencia el contenido de la presente carta.