Al-‘Arabî ad-Darqawî

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Mulay Muhammad Al-‘Arabî ad-Darqâwî al-Hasani[1] (1737 ca.-1823), conocido maestro espiritual (sheikh) marroquí, pasa parte de su vida en Fez, donde en 1768 encontró a su maestro, Scheikh ‘Alî al-Jamal, recibiendo el pacto iniciá­tico después de dos años de profundas enseñanzas. Tras este periodo fue enviado a su tribu natal, los Beni Zarwâl, en Bou Brih, sobre las colinas al nordeste de Fez, donde fundó la Cofradía iniciática (tariqa) que de él toma el nom­bre de Darqâwyyah y allí estableció su residencia y lugar de reunión de la cofradía (zawiya), en la cual murió y donde aun hoy se encuentra un mausoleo con su tumba. El impulso que dio al sufismo fue de gran importancia: sus discípulos se extendieron por toda el África septentrional, en Siria, en la Arabia meridional e incluso en Java. Sobre las enseñan­zas de este maestro han sido reunidas cerca de trescientas cartas transmitidas a sus discípulos. Presentamos algunas de estas epístolas que evidencian cómo la vía iniciática pasa necesariamente a través del desapego del mundo, el desarrollo de las virtudes y la muerte del propio ego, todos ellos actos que comportan inestimables dones espirituales.

 

Carta XI

 

Ocupaos, pues, (que Dios os sea misericordioso) de aquello que mata a vuestro ego (nafs) y vivifica vuestro corazón. La raíz de todas las virtudes en cuanto virtud, es que el corazón se halle vacío de todo amor al mundo, al igual que la raíz de todos los vicios, en cuanto vicio, es el amor al mundo que ocupa el corazón. Acabo de escribir a uno de los hermanos; le he explicado que la causa del libertinaje es el amor al mundo, porque quien se vuelve por entero, con corazón y miembros, hacia el mundo, es el gran libertino y el gran pecador; y si no fuera por la fe establecida en su corazón, incluso diríamos que es el infiel; ocupaos, pues, de lo que mata a vuestro ego y vivifica a vuestro corazón, tal como os decimos, porque para noso­tros no hay acceso a la Presencia de nuestro Señor sino tras la muerte de nuestro ego, hagamos lo que hagamos, como dice el venerable maestro, el santo Abû Madyan (que Dios esté satisfecho de él): “Quien no muere, no ve a Dios”. Uno de nuestros hermanos se nos quejaba de un opresor que lo perseguía; a esto le respondimos: “Si deseas matar a quien te oprime, mata entonces a tu ego (nafs), porque matándolo matarás a todos los opresores”. Que Dios maldiga a los que mienten.